El tema de la educación es algo que nos preocupa desde el primer momento que sabes que vas a ser madre. Cosas que nunca te habías planteado de golpes te inquietan,  ¿sabré hacerlo bien? ¿detectaré sus necesidades? ¿tendré paciencia?…

Tenemos la opción de dejarnos ir y vivir la educación de nuestro hijo como algo innato, algo que nos sale de dentro y que no hace falta plantearse mucho. Y es posible que te salga bien. Pero en mi caso desde que nació Bruno he sentido la necesidad de leer e informarme sobre los procesos de aprendizaje, los tiempos y las formas, y estoy muy contenta de haber entrado en este mundo porque hay tantas cosas que daba por sabidas y no las sabía o las sabía mal que se ha abierto todo un mundo apasionante delante mío.

Uno de los primeros libros que leí es “Educar en el asombro” de Catherine L’Ecuyer. Es un libro de fácil lectura y del que saqué esencialmente 3 cosas.

La primera: la importancia de entender que el aprendizaje del niño debe ser de dentro hacia fuera, es decir no debemos sobreestimularlos, hay que saber respetar sus ritmos y dejarlos conocer el mundo guiados por su inquietud interna, por su atracción hacia el misterio de todo lo que les rodea. Una sobreestimulación sólo nos llevará a la anulación del asombro, de la creatividad y de la imaginación haciendo que el niño se vuelva pasivo y sólo espere que le llegue los impulsos Oo incluso a que los reclame mediant la hiperactividad.

El segundo; la importancia de la relación del niño con el cuidador principal. El cuidador principal es una pieza clave para una evolución sana de nuestros hijos, es el vínculo de confianza y el intermediario con el que se va a enfrentar al mundo. Un buen desarrollo del niño dependerá de la calidad de la relación que establezca entre él y la persona que le cuida, y ésta  depende básicamente de la sensibilidad de esta persona.

Y tercero;  la importancia del asombro. El niño utiliza su capacidad de asombrarse para  conocer el mundo que le rodea y aprender. Es imprescindible que protejamos ese “don” y le ayudemos a desarrollarlo a través de cosas como el juego, la naturaleza, el silencio, la Belleza… Entre otras cosas Catherine destaca la importancia del juego como vía de aprendizaje y el estar en contacto con la naturaleza como fuente para aprender el ritmo de las cosas. La naturaleza no la podemos acelerar, y viviendo a su ritmo se desarrolla la paciencia y el niño crece entendiendo de una manera natural  que todo tiene su momento y que hay que saber esperar a que las cosas pasen cuando tienen que pasar y no cuando queremos que pasen. Esencialmente aprenden que “la felicidad no está en el cuando. Está en el mientras”. Otro elemento que debemos respetar es el valor del silencio. Necesitamos silencio y calma para que el asombro pueda “trabajar” y se pueda interiorizar lo aprendido. El ruido acalla las preguntas y mucho de ese ruido al que nuestros hijos están expuestos hoy en día  viene de la tecnología. Una sobreexposición a la tecnología (la neurociencia recomienda que un niño no debería ver ninguna pantalla hasta los 2 años) impide el pensamiento crítico, deshumaniza el aprendizaje, se pierde la interacción humana básica para la adquisición de conocimiento y acorta el tiempo de atención del niño.

Pero lo que más me gustó del libro es la importancia que da a la Belleza en la evolución del niño. No hablamos de gustos, sino de algo que va más allá, la Belleza con B mayúscula. El niño siente asombro por la Belleza de todo lo que le rodea, es un proceso autónomo, no hay que hacer nada, ni provocar nada, la Belleza le llega sola. Nosotros solo nos debemos asegurar que su entorno la contenga y alejarlo de la fealdad o vulgaridad. Educarlo desde la sensibilidad es a mi parecer el mejor de los regalos que le podemos hacer.

Al final quizás todo se resume en tres citas:

Una que nos llega de la mano de Einstein donde nos da la fórmula del éxito

A (éxito)= X (trabajo)+ Y(diversión)+ Z (silencio)

Y la otra que nos la dejo Teresa de Calcuta

“No te preocupes porque tus hijos no te escuchen, te observan todo el día”