Aunque parezca imposible después de más de 2 años intentando quedarme embarazada ahora que lo había conseguido estaba totalmente descolocada. Y aunque emocionadísima y feliz los miedos aparecieron enseguida. Tenía claro que si al final la vida me había dado la oportunidad de ser madre yo iba a poner todo de mi parte para hacerlo bien,  aunque eso  implicase cambiar muchas cosas de mi vida.

La idea que la baja se acabase y tener que volver a la oficina sin saber aún que quería hacer me daba pánico. Pánico a que el día a día me volviese a arrastrar a una rutina  que tanto daño me hacía.

No sabía cuanto tiempo tenía por delante para aclararme o entender que me había pasado y decidir que quería hacer a partir de ahora. Cada día le daba vueltas y vueltas, me despertaba con pesadillas y no conseguía ver nada claro. Era evidente que no podía seguir sola, necesitaba ayuda.

Decidí buscar a alguien que me guíase en este proceso,  pero debía ser alguien en quien confiara personal y profesionalmente porque estaba demasiado fràgil y me sentía facilmente influenciable. Quería estar segura que quien me ayudase no iba a darme  consejos o orientaciones de las que después me podía arrepentir.

No sé cuantos días pasaron, pero no muchos, hasta que  apareció “mi ángel”. No es la primera vez que me pasa que cuando siento que he llegado al límite de algo y no sé como seguir, algo o alguien aparece para ayudarme a tomar la decisión adecuada. A esos momentos o personas los llamo “mis ángeles”.

Estaba desayunando en una cafetería a la que casi nunca voy cuando entró Cristina. A Cristina la conozco de hace años pero  habíamos perdido el contacto desde hacía tiempo y sólo sabía de ella por lo que me enteraba de vez en cuando por las redes. La verdad, es que de ella siempre me había gustado su manera de ser y admiraba como había sabido gestionar su vida personal y profesional. En cuanto la vi me acordé  que se había formado como coach y desde hacía un tiempo lo combinaba con su trabajo. Lo vi claro, ahí estaba mi ángel!!!

Así fue como empezamos nuestras sesiones de coaching. No fueron muchas pero sí las suficientes para ayudarme a focalizar, a entenderme y ver en que agujeros me había caído y lo más importante para lanzarme cuerdas de las que agarrarme para salir de ellos con mis propios pies. Creo que nunca le he dado las gracias por lo mucho que me ayudó así que si lo lees Cris, MIL GRACIAS, ;-).

Con el pasó de los días y las sesiones con Cristina cada día tenía más claro que la vuelta a la oficina  sería únicamente para decir adiós y cerrar correctamente esa etapa. Pero el embarazo modificó los planes. Ya en el primer trimestre aparecieron las primeras contracciones y tuve que estar en reposo y lo más calmada posible. El tema no mejoraba y la baja se alargó. Al entrar en el segundo trimestre recibí una llamada de la empresa en la que me proponían que llegasemos a un acuerdo de salida. Las negociaciones duraron unos meses pero por fin veía la luz al final del tunel. En Diciembre cerré definitivamente esa etapa profesional.

Noté una liberación que no había sentido nunca antes y a la vez el vértigo de  saber que la vida me había dado una oportunidad que no podía desaprovechar ahora. Estaba emocionada y con ganas de empezar a pensar y trabajar en un nuevo proyecto que me ilusionara. Sabía que no iba a poder avanzar mucho durante el embarazo porque debía llevar un ritmo muy tranquilo pero lo que no sabía aún es que se iba a complicar un poco más y a los pocos días tuve que empezar un reposo absoluto hasta el final el parto.

Pasaba mis días del sofá a la cama, y de la cama al sofá, el tiempo se hizo eterno y  el dolor de las contracciones hacia que no me sobrase mucha energía para pensar en nada,  pero tome la decisión de no agobiarme y aplazar cualquier planteamiento de mi futuro profesional hasta después del parto. Ahora era el momento de Bruno, debía cuidarme para que él no naciera antes de tiempo.

Y así pasaron los días, las semanas y los meses. Sin nada que explicar y con contracciones que aunque controladas nunca desaparecieron.

La semana 34 me empezaron a poner las correas, las contracciones eran fuertes pero Bruno estaba bien y el cuello del útero totalmente cerrado. Lo mismo la semana 35, 36, 37 hasta que en la 38  en vista que las contracciones  ya eran demasiado fuertes y llevaban mucho tiempo como para que no hubiera dilatado nada, decidimos que Bruno nacería por cesaría esa misma tarde.

Y así, casi sin pensarlo de la consulta de la ginecologa nos fuimos a casa a buscar las bolsas y al hospital para ver por fin la carita de Bruno.