Ser madre es una experiencia brutal. Brutal en casi todas las acepciones de la palabra.

Lo que os empiezo a contar hoy creo que es lo más personal que os podré escribir nunca. Os quiero explicar todo lo que hemos vivido desde que decidimos que queríamos ser padres hasta el postparto, no ha sido un proceso fácil y en medio han pasado muchas cosas que quizás compartiéndolas os puedan ayudar si estáis pasando por algo parecido. Lo voy a dividir en 3 post. El de hoy que os explico desde el momento que decidimos ser padres hasta el embarazo, en el de la semana que viene os explicaré el embarazo y en el último el parto y postparto.

Detrás de cada embarazo siempre hay una historia que explicar, ésta es la de Bruno y mía.

Su llegada no fue nada fácil. Quedarnos embarazados se convirtió en una carrera de larga distancia con obstáculos que nos provocaron más de una caída. Ahora con la perspectiva que da el tiempo veo que necesitaba todo el proceso para abrir los ojos en muchos aspectos de mi vida más allá de la propia maternidad.

Empezamos a intentarlo hace unos 3 años (con 35 años).

Tras un año sin resultados decidimos hacernos algunas pruebas para comprobar que todo estaba correcto.  Y así fue. Los resultados fueron buenos y no había nada que impidiera que fueramos padres. Qué alegría! Era cuestión de suerte!

Pero pasaron los meses, la suerte no aparecía y el estrés aumentaba día tras día. Supongo que aunque no era consciente el mismo proceso augmentaba el estrés que yo ya sufría por el trabajo ese último año infernal (la responsabilidad augmentaba día a día y el ambiente laboral empeoró hasta hacerse insufrible).

Y así llegó el momento de intentar la primera inseminación artificial. Parecía lo más razonable con los resultados que habíamos tenido.  Pero no funcionó, como tampoco  la segunda o la tercera. Y sin darme cuenta entré en una espiral de desorden y descontrol físico y metal,  mi hipotiroidismo se descompensaba,  las analíticas se alteraban de  manera caótica y yo no sabía como encontrar la calma que mi cuerpo y mi mente necesitaban en ese momento. Debía frenar pero no sabía como.

Hasta unos meses antes yo era muy feliz con mi trabajo y lo consideraba uno de los pilares de mi vida, disfrutaba con él, aprendía cada día y no me importaba la carga de responsabilidad y trabajo. A pesar que todo eso había cambiado yo  me resistía a aceptarlo y desprenderme de una vida que ya no existía. No supe ver que no valía la pena seguir luchando por una etapa que había acabado. Dejé que me superara y me consumiera en cierta manera.

Tras la tercera inseminación pedí que repitieramos mis pruebas de fertilidad,  sentía que algo había cambiado y quería confirmarlo.  No me equivocaba, fallaron mil cosas y la antimulheriana  prácticamente no existía.

Una especie de torbellino entró en mi vida para arrasarlo todo. Las siguientes semanas fueron horribles, pero hoy os aseguro que estoy feliz de haberlo vivido. Gracias a él me enfrenté a mil preguntas que hasta ese momento ni siquiera me atrevía a pronunciar.

Los resultados complicaban  mucho la situación,  el embarazo de manera natural era prácticamente imposible y la inseminación artificial ya no era una opción. Teníamos que empezar a pensar en tratamientos para realizar una fecundación invitro y ver si era viable.

A los pocos días fuimos a la clínica para que nos dieran una valoración y empezar un proceso lo antes posible. Esa visita no la olvidaré jamás. Acostumbrada a mi ginecóloga dulce, positiva y empática la nueva doctora no dudó ni un segundo en ponernos delante del espejo donde la realidad que se reflejaba era muy muy oscura. Las probabilidades de éxito eran, por decirlo de alguna manera “remotas”,  y si queríamos tener alguna posiblidad debía mejorar mucho algunos de los valores de las analíticas, lo que significaba  entre otras cosas bajar el nivel de estrés inmediatamente, modificar  la alimentación, realizar sólo determinados deportes y vivir los siguientes meses (hasta que fuera posible hacer una invitro con alguna posibilidad de éxito) con la máxima calma posible.

Ufff todo tenía tan mala pinta que al llegar a casa el mundo se me vino encima.  Sentía que esa situación  la había provocado yo  por no querer escuchar a mi cuerpo, ver lo que necesitaba y exprimirlo hasta agotarlo. Y me enfadé, me grité,  y me odié por no haber sabido diferencias lo que era  verdaderamente importante.

Lloré toda la noche (creo que nunca he llorado tanto).

Por la mañana amaneció lluvioso, de camino a la clínica para hacerme nuevas analíticas, sin saber porqué me desvié y acabé  picando a la puerta de una clinica de medicina natural china de la que había leído hacia un tiempo. Me abrió Irene (una de las terapéutas) que al ver mis ojos rojos de llorar  me hizo un hueco en su agenda inmediatamente. Irene es uno de esos “ángeles” que aparecen por nuestro camino cuando estamos totalmentemente perdidos. Hablar con ella me dio un poco de serenidad y me aportó luz. Me escuchó atentamente con cariño, empatía y me sentí arropada. No me dio falsas esperanzas respecto al embarazo pero se ofreció a acompañarme durante todo el proceso y a ayudarme a llegar al final (fuera el que fuera) en las mejores condiciones posible.

Me aferré a ese hilo de luz que ella me ofrecía,  más calmada y con un poco de esperanza me fui a hacer la prueba a la clínica de fertilidad y luego al  trabajo.

Ese día en la oficina fue diferente, quizás porque yo ya no era la misma del día anterior. Algo se había roto y yo no encajaba en ese lugar.  No quería (ni podía) estar ahí, sentí que tenía que salir inmediatamente, quizás más adelante podría volver pero no ahora. Me faltaba el aire y me ahogaba entre esas cuatro paredes, nada de lo que el día anterior pensaba que era importante ahora  tenía el más mínimo interés para mi. Tenía que hacer algo o enfermaría de verdad.

Decidí escuchar las señales, las había ignorado demasiado tiempo, y esa misma tarde fuí a mi doctora de cabecera. No sabía exactamente que le iba a contar pero sabía que ella era la única que podría darme ahora el pequeño parentesis que necesitaba. Recuerdo que mientras esperaba mi turno llamé a una amiga para decirle que me sentía un “fraude” por ir a pedir unos días de baja cuando no estaba enferma. Ahora con la distancia, me pregunto que más me tenía que pasar para considerar que estaba enferma, aunque en pocos minutos lo iba a saber.

Era la primera vez en muchos muchos años que iba al médico de cabecera y la primera vez que veía a esa doctora. Sólo una vez en mi vida (por una operación) había cogido una baja laboral. Todo era muy extraño para mi, así que me hice un guión mental sobre lo que le contaría a la doctora para que entendiera mi situación.

Llegó mi turno y al conocer a la doctora sentí de nuevo que estaba en el sitio adecuado, que al otro lado había alguien que me entendería. Empecé a explicarle porque estaba en su consulta cuando noté que se me entrecortaba la voz y las lágrimas empezaban a salir de nuevo.  Casi no podía hablar, lloré como una niña. Fue un momento complicado, sentía mucha vergüenza pero a la vez liberación porque sabía que justo en ese momento había tocado fondo. Ya no iba a caer más, acababa de reconocer que la situación ya no la controlaba, necesitaba parar, reponerme y empezar a subir .

Cogí la baja laboral, informé a la empresa (toda la historia con la empresa os la explicaré en otra ocasión porque creo que también os puede ayudar por si os encontrais en alguna situación parecida),  empecé a cuidarme , a frenar y a pensar en porqué y cómo había llegado ahí. Y  lo más importante como iba a salir de ese “lío”.

Por ahora el tema de  la maternidad lo apartamos hasta después del verano (estábamos en Mayo), ahora yo era más importante y no quería más presión de la inevitable.

No puedo decir que estuviera feliz en esa época, pero si aliviada. Sin la presión del trabajo y con tiempo para pensar y descansar empecé a sentirme un poco mejor. Mis días eran muy tranquilos, paseos en bici, charlas con amigos, lectura… y fueron pasando los días. Poco a poco iba sintiendo que las fuerzas volvían.

En Junio decidimos ir cuatro días a Porto con unos amigos para cambiar de aires. Poco nos podíamos imaginar lo que pasaría en ese viaje. El segundo día empece a encontrarme mal, tenía náuseas todo el día. La regla no me había venido pero eso no me extrañaba porque con las tiroides alteradas era habitual, a la vuelta a Barcelona iría a endocrino para ajustar la medicación y listo.

Volvimos y las nauseas seguían ahí. Decidí comprarme una prueba de embarazado sin decírselo a nadie, no tenía sentido por sabía que era practicamente imposible que diera positivo, así que sola y sin esperanzas me metí en el baño.

Pasó el milagro!  No me podía creer que hubiera dado positivo, leí 5 veces las instrucciones de la prueba para asegurarme que lo estaba entendiendo bien, escribí un whatsapp a mi ginecóloga con la foto del predictor para que me dijera que no me estaba volviendo loca. No me lo podía creer. Estaba embarazada!!

Acababa de pasar lo que la ciencia decía que era práctimente imposible. Ahí estaba lo que llevabamos años esperando y yo lo único que había hecho era frenar, parar y regalarme un poco de tiempo para mi y para cuidarme.

Así llegó Bruno, enseñándome desde el primer momento que mis prioridades debían cambiar y que mi nueva vida estaba muy lejos de las cosas que hasta ese momento había considerado importantes.

Empezaban los nueve meses más importantes de toda mi vida. Ahora no podía fallar ni a él ni a mi. Comenzaba una nueva aventura doble; tenía que crear una vida nueva dentro de mí y otra nueva vida para vivirla fuera.